Romina Casile

August 9, 2016

 

 

 

ROMINA CASILE

 

La joven artista rosarina naufraga por diversos lenguajes para manifestarse dentro del campo escultórico, y más allá de él.
Su obra es múltiple, versátil, plural.

 

Romina bajo el encanto de lo cotidiano

Espacios, objetos, videos, instalaciones y performances, son algunas de las expresiones artísticas de Romina, quien se inspira en objetos comunes de uso cotidiano y en su propia historia de vida.

Con la curiosidad de una niña, la agudeza visual de una artista y una sensibilidad estética muy personal, Romina recorre las calles de Rosario y los interiores de distintas casas, como una sabuesa…alimentándose para crear. Los disparadores de sus obras son de los más variados, pero siempre están conectados con el interior, con su interior; con sus entrañas.

 

Lo anecdótico toma forma de poesía

Inquieta, su bicicleta la lleva a pasear por nuevos caminos, dispuesta a encontrar múltiples sorpresas.

En uno de esos recorridos descubre el taller del luthier Esteban Maxera, quien le regala pequeños pedacitos de maderas de luthería.

Curiosa, Romina empieza a interactuar con esos recortes de distintos tipos de  maderas desde lo sensorial.

 

Nos cuenta que su primer contacto fue ingenuo y rudimentario: con distintas lijas y algunas pocas herramientas que le prestó su hermano.

Comenzó a dar forma a esos pedacitos de madera, lijando y lijando por horas, sintonizó con el material de forma profunda, atraída por la imagen de la viruta y el polvillo de distintos colores y perfumes.
Y aparecieron en ese trabajo artesanal, los clavijeros, que luego integrarían sus instrumentos híbridos.
 

 

 

¿Quién sospecharía que esos diminutos pedacitos de madera, serían los disparadores de ingeniosos instrumentos musicales construidos con tacitas y teteras de cerámica?
 

A partir de la entrega de ese “pequeño tesoro de madera” (y sin que ninguno de los dos lo supiera en ese momento), nacerían las obras “Así merendaba mi abuelo”,  “Piezas Microtonales”  y “Abrazar lo entrañable”.

 

Una vez que Romina tiene la idea en mente, se apasiona.

De manera audaz, se propone realizar la obra íntegra, por lo que emprende un proyecto de pesquisa ambiciosa: quiere construir ella misma los instrumentos, aun desconociendo en profundidad cómo hacerlo.

Entonces comienza con la búsqueda de los materiales:

Recolecta tazas y vajilla de cerámica.
Pide a amigos y conocidos, a través de las redes sociales, cuerdas de guitarra que ya no usen. Colecta esas cuerdas de distintos tipos y grosores, desconociendo que existían tantos tipos de cuerdas diferentes. Pero eso no la acobarda, sino que la motiva a investigar.
Aprende como los niños, por ensayo y error. No busca respuestas en los libros, sino en las manos.

Y también pregunta a los músicos, que son quienes están familiarizados con los secretos de los instrumentos.
Y luego, ella misma realiza el encordado en sus tazas/instrumentos y ahí…nos cuenta Romina que

- “ese momento es caluroso… con cosquilleo en la panza. Todavía no se sabe si va a sonar o no.”

Finalmente, descubre Romina que salen sonidos agudos de sus objetos, que se puede producir música con ellos.

La artista deja huella en toda la realización de los objetos musicales: haciendo aprende y desarrolla ella misma cada etapa del proceso.
Descubre el material a la vez que se descubre ella misma en la modificación del mismo.

Piensa la práctica artística como una forma de investigación y aprehensión del mundo, parafraseando el texto que la inspira a tomar esta idea,  “La práctica artística como investigación” de Rafael Pérez Arroyo.

Desarrolla su producción a partir de la experimentación vivencial y corporal con los objetos que la inspiran.

Nos comparte:

- “Hace poco leí un libro de Pasolini y hay un capítulo que se llama: “La primera lección me la enseñó una cortina” y dice que lo que te enseña un objeto es más poderoso que lo que pueden enseñarte tus padres porque el discurso de un objeto es inarticulado y entonces es como una bajada de línea.

En todas las casas hay objetos que uno tiene hace mucho, aunque sea comprado en un compraventa, hay una historia, recuerdos, está el paso del tiempo.

En un hogar hay muchos objetos y nos están diciendo mucho”.


 

Lo sutil, lo oculto, lo imperceptible, es lo que atrae a la artista, quien hecha luz sobre ellos, obligándonos a poner el foco sobre lo que olvidamos mirar cada día.

De esta manera, su obra funciona como un llamado de atención sobre la experiencia cotidiana, sobre la vinculación corporal que tenemos las personas con los objetos.
Nos invita a agudizar nuestros sentidos, a escuchar la realidad que nos circunda y nos aloja; a sentirnos parte y actores de esa realidad.

Nos hace responsables de nuestras decisiones estéticas a la hora de observar y de elegir.
Dice Romina que el envejecimiento de los objetos, les aporta cierta riqueza, la riqueza de la historia que atesoran, que refugian. Y esta idea, me hace pensar en el inteligentísimo ensayo de Marguerite Yourcenar, “El tiempo, gran escultor”, en donde se re-significa el paso del tiempo de forma positiva, problematizando la actitud contemporánea que intenta negarlo y borrar sus marcas.

Romina, lejos de borrarlas, las genera…apoderándose de los objetos y reinventándolos.

En el maravilloso mundo de Romina, los objetos son comunes o especiales según los ojos que los miran. En esa mirada aguda y perspicaz de la artista, se encuentra la clave de su obra.
En poner luz sobre lo que está oculto. En transformar lo evidente, re-significándolo.
 

No imagina lo inexistente, lo construye.

La ficción traída a la realidad, es parte del trabajo de Romina. En ese sentido, la veo como una como una cazadora de historias, una coleccionista de extrañezas.

Sus objetos cobran vida, se disfrazan, se visten de “otro”.
Dejan de ser cuencos contenedores para ser novedosos instrumentos musicales.

 

La negación de su utilidad es evidente

No podemos tomar té o café o poner leche caliente en esos recipientes. Tienen cuerdas, cascabeles, clavijeros…no sirven para lo que fueron pensados en sus orígenes.

Como Meret Oppenheim, en su “Juego de desayuno en piel” (1936), Romina niega la funcionalidad de esas tazas en cuanto tazas, y crea una nueva oportunidad para ellas: la de producir sonidos.

Pero ella no nos incita a tocarlas como Meret, sino a observarlas y a oírlas. El contacto físico con las piezas se reserva a las tres músicas –improvisadoras, que se encuentran en un interior de una casa.

 

 

 

Espacio interior

El espacio interior aparece como escenario en varias de sus obras. Podemos pensarlo como un hilo conductor a través del cual explorar su producción.

Así lo cuenta Romina, (desayuno mediante):
 

- “(…) trabajo mucho el interior del hogar. Me interesa mucho lo que sucede ¨hacia adentro¨, retomando la potencialidad que tienen para mí los objetos y todo lo que ellos nos comunican”.
 

La artista, cual “detective”, indaga en distintos espacios privados, para desenvolverlos y mostrarlos. Se interesa en las historias creadas en esos interiores, que pululan y  perduran en el tiempo.

Lo sucedido, abstracto e inmaterial, cobra forma en su representación, entre alcobas y comedores.

 

El más íntimo de los espacios interiores

El dormitorio es el lugar más íntimo de esos “adentros” que Romina registra en formato de video y muestra como una video-instalación que titula “Retratos” (2013).

En esta obra, mujeres de distintas generaciones nos dejan entrar en sus espacios privados, exhibiéndonos lo que suele permanecer oculto, secreto, escondido.

La artista propone la interacción de un grupo de mujeres con sus roperos, como reflejo de sí mismas.
Productora y espectadora de su propia obra, la artista documenta lo que sucede dentro de los cuartos.

A través de una pantalla, se muestra un mosaico de filmaciones que contrastan formas de interactuar, maneras “de abrir y cerrar”, de pararse frente a la cámara o de huir de ella.

Miradas firmes o esquivas, roperos ordenados o caóticos, nos cuentan de esas mujeres más que lo que ellas creen.

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el límite entre lo privado y lo público

EL comedor, lugar de reunión familiar, es uno de los espacios que elige la artista para manifestarse, por su carácter dual: en el límite entre lo íntimo y lo social.

Para ella - “(…) el comedor, es como un espacio público dentro de ese espacio privado”.

Es ese lugar de encuentros y diálogos, de miradas, de secretos, donde la familia comparte anécdotas, recuerdos y proyectos.

En el comedor se suceden los desayunos y meriendas, que convocan a los integrantes a participar y construir nuevas historias, nuevos relatos que luego serán contados.

 

 

 

Merienda como ritual

Romina produce desde lo íntimo, personal y propio; desde el interior que expande hacia afuera.

Nos cuenta que la merienda representa un ritual familiar, porque con su abuelo compartían ese momento de la tarde de forma casi religiosa. Cada día, todos los días, merendaban juntos.

Y ella atesora ese momento en su maravillosa obra: “Así merendaba mi abuelo” (año 2012).

 

 

 

Luego, recupera el carácter ceremonioso de la merienda en su obra “Abrazar lo entrañable”, a través de la actuación de tres mujeres performers que accionan sus instrumentos híbridos.

Sobre esta obra performática Romina nos cuenta:
 

- “Aparece el acto ritual en esta acción, algo que está sucediendo entre ellas: entre ellas se genera, entre ellas circula y entre ellas lo van construyendo. Y se da por ese carácter de ritual y por ser lo público dentro del espacio privado.”
 

Escuchar los objetos

Además de la merienda y la vajilla involucrada en ella, como tazas y teteras, a Romina le interesan los sonidos ya que, según nos cuenta, para ella la música es muy significativa.

Creció en una familia de aficionados a la música. Pianistas, guitarristas y cantantes forman parte de los personajes cotidianos en la vida de Romina.

El oído, como órgano de los sentidos, tiene un rol protagónico en su historia familiar.
Su abuela, su abuelo, su mamá, su hermano, sus tíos y primos, se vinculan con la música desde el oído.
Y ella encontró la forma de entrar en ese código familiar auditivo, desde la elaboración de objetos deliciosos que a la vez generan sonidos inesperados, sorpresivos.
No hay forma de controlar el sonido generado por la manipulación de los instrumentos híbridos de Romina.

Sus “Piezas microtonales”  no pueden afinarse, pero eso lejos de incomodarla, la estimula. Ella ve una suerte de magia en ese imprevisto.
Queda todavía el efecto sorpresa, la improvisación y la espontaneidad que van a dar vida a esas piezas preciosas.

Su madre, sus abuelos, su hermano. Todos ellos son músicos, todos cantan.

Nos comparte Romina:


- “Hace unos años mi abuela y mi mamá retomaron el contacto con la música.

Mi abuela que tiene ochenta y dos años, empezó el año pasado a aprender a tocar la guitarra, canta y va a un coro.

Y agrega:

 

- “(…) Yo hice dos años canto y un año percusión. Sí me gusta y me interesa pero no fluyo con la música como sí lo hace mi familia. Pero la música está re presente y eso se transformó y fluyó desde otro lado: la búsqueda no es únicamente sonora sino más desde lo visual también”.

 

 

Romina también canta

En la video-proyección “Yo también canto”, se presenta multiplicada su propia imagen parlante. Cuarenta y nueve diminutas Rominas que nos miran, arman un friso en movimiento, que también canta.

 

 

 

 

Visión dinámica del tiempo

Su obra es orgánica, viva. Siempre susceptible al cambio.  En ese sentido me hace pensar en filosofía oriental que tiene una visión dinámica del tiempo, pensando a cada momento como “otro” en potencia, nunca como un estado quieto o cerrado, sino como parte de la transformación.

Esa idea se refleja en su obra “Abrazar lo entrañable”, expuesta recientemente en la Fundación Osde de la ciudad de Rosario, en el marco de la exposición “El procedimiento silencio” curada por Clarisa Appendino.

En esta exposición,  “Abrazar lo entrañable” se presenta como un binomio: el del universo de los objetos parlantes, comunicadores, y el de las personas en acción.

Ambas partes de su obra (los objetos intervenidos dispuestos en un mueble de madera) y la video-performance auditiva, conforman dos caras de la misma producción que abraza lo más íntimo y profundo de la obra de Romina.

 

 

Entre la quietud y el movimiento, entre el silencio y la música.

A nuestra izquierda (mirando la obra), vemos un mueble antiguo que contiene piezas de cerámica intervenidas por las manos de Romina.

Se trata de un aparador de madera con puertas de vidrio, rescatado de un compra-venta de antigüedades, que alberga los objetos sonoros.

El mueble los hospeda en su interior y nos los muestra, sin dejarnos tocar. Ellos se encuentran ahí, quietos y silenciosos, se dejan mirar: tetera, lechera, tazas, pocillos y platitos de distintas formas, épocas e historias.

Algunos eran de sus bisabuelos, otros los compró. Todos se encuentran intervenidos y transformados por las manos de Romina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A nuestra derecha percibimos el movimiento: un video muestra los objetos siendo tocados, en acción. Allí es cuando la música se expande por el espacio, haciendo vibrar el entorno y apareciéndose por el auricular de la sala de exposición. 

En esta instancia es necesaria la participación. La indiferencia es imposible ya que los sonidos penetran en el cuerpo del espectador/auditor de forma constante y lo someten a un estado “meditativo” inducido por las performers. Y toda esa actuación, propone otro tiempo, uno pausado….o “enlentecido”.

Lo desacelerado del tiempo me hace pensar en los movimientos de las artes marciales orientales, en ese tiempo de movimientos precisos, de gestos carentes de ansiedad.

Las performers capturan nuestra atención a través de los sonidos. Pero a la vez, es la conexión entre ellas la que nos atrapa. Esa forma en la que se vinculan desde sus cuerpos, inmersas en un universo paralelo, en el que los objetos funcionan como un código lingüístico que las enlaza y comunica.

Sus manos danzan en armonía, en un diálogo íntimo que nos muestran y nos ocultan a la vez. Dejan que se les escapen algunos sonidos, agudos y juguetones, que bailan entre nosotros.
Pero su vibración, la de sus cuerpos, sólo les pertenece a ellas.

Tampoco se nos regala la mirada de los seis ojos en acción. Ellos también están concentrados en la tarea de improvisar, atentos a lo que sucede allí, en ese momento. Como si el espectador no existiera.
Es por eso que nos sentimos intrusos, de alguna manera.

 
La pantalla funciona como una piel que divide lo que sucede “adentro”, en el interior de la escena, de lo que sucede donde nosotros estamos, parados en una galería de arte en la ciudad de Rosario.
Hay una frontera clara y presente, entre los dos espacios.  

La palabra está en silencio. Sus cuerpos sólo dan lugar a la música de los objetos. Ellos hablan por ellas. Ellos las poseen, y también a nosotros.

Se apoderan del entorno, del tiempo, de nuestro tiempo. Nos obligan a envolvernos de ese otro tiempo que nos sabe desconocido, extraño.

 

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